Historia del alumbrado público

Alumbrado

El presente del servicio público de iluminación ha experimentado numerosos cambios a lo largo de toda su historia. Desde su establecimiento, en donde se empleaba el gas para hacerlas funcionar durante las noches más oscuras hasta la actualidad, que se ha encontrado la eficiencia energética mediante el uso de las bombillas LED de bajo consumo, el alumbrado ha supuesto un punto de inflexión clave para la ciudadanía y el desarrollo de las sociedades modernas.

Desde el descubrimiento del fuego por parte de nuestros antepasados, los humanos han hecho uso de su control para iluminar los espacio del hogar. A partir de antorchas de matera, se pudo empezar desplazar el alumbramiento. Este sistema, debido a su incomodidad y la poca duración que permitiría, evolucionó hacia las luminarias que, a través de aceites y mechas, se podía ser capaz de iluminar durante mucho más tiempo.

El alumbrado público nace en Francia en el siglo XVI

Hasta 1558 los vecinos colgaban una luz en la puerta de sus casa para iluminar las calles. Desde entonces, se pensó la idea de colocar estos faroles en las esquinas de las calles, de tal manera que no dependiese tanto de la gente y se organizó un escuadrón nocturno que se encargaría de encender y apagar el fuego.

Un siglo después, en el 1667, este sistema se reformó para introducir los reflectores. No obstante, se adoptaron las lámparas de gas a partir del siglo XIX. en 1807 se empleó esta forma de alumbrar en Londres, tras un exitoso experimento que se realizó con el objetivo de mejorar el sistema. Requería, aun así, de un responsable que fuese recorriendo las calles para prenderlas.

El origen de este sistema se encuentra en un laboratorio de Barcelona, a mediados del siglo XIX, en concreto en 1826, se encendía en España la primera lámpara a gas. Estas requerían de pequeños faroles para poder desplazar e iluminar algún espacio concreto del sombrío hogar.

El paso de un escuadrón a la automatización del alumbrado

Con el paso de los años, esta figura ya no hizo falta porque se inventó un dispositivo capaz de encender de manera automática las luces de gas de la calle. A una determinada hora se prendía una llama que se activaba con el paso del gas.

Este suceso ocurrió en España el 2 de marzo de 1832. En Madrid se hizo la luz por primera vez. Las calles y plazas más relevantes de la capital se alumbraban de noche con más de 100 faroles para celebrar la llegada de la Infanta Luisa Fernanda, hija de María Cristina de Borbón y Fernando VII.

De las farolas de gas a las eléctricas

Las luces de gas fueron sustituidas por las eléctricas de tipo arco. Contenían electrodos de carbón que ardían a través de una corriente alterna de forma regular. En la actual Europa, este sistema fue empleado por primera vez en la ciudad de Timisoara, en Rumanía, en el 1884. En España, por otro lado, la localidad de Comillas, en Cantabria, fue la primera en disfrutar de un alumbrado eléctrico en 1881.

Este tipo de iluminación, no obstante, tenía dos puntos negativos bastante importantes: el primero, que la luz era muy incómoda para la vista porque su foco era intenso y desprendía calor; y el segundo, que requería de grandes labores de mantenimiento porque se trataba de lámparas que se desgastaban muy rápidamente debido al carbón.

Por esta razón, a finales del siglo XIX, durante la segunda revolución industrial, nació el alumbrado incandescente. Estas luces era más baratas, brillantes y pudo sustituir a las eléctricas de arco sin que se echasen de menos.

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